Covid-19. MANO SOBRE MANOS

Covid-19. MANO SOBRE MANOS

Se me rompe el alma…… 

Se mueren.
Se está muriendo la mejor de las generaciones,
la que sin estudios, educó a sus hijos,
la que sin recursos los ayudó durante la crisis.
Se están muriendo los que más sufrieron
los que trabajaron como bestias
los que han cotizado más que nadie.
Se mueren los que pasaron tanta necesidad,
los que levantaron el país
los que ahora tan solo deseaban
disfrutar de sus nietos.
Se están muriendo solos y asustados
apurando el último aliento
sin la ayuda de un mísero respirador.
De verdad, no merecemos nada.

Ivan Flores Garcia

 

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Ese maldito bicho me retiro muy pronto de la batalla. No sé si porque,al final,ves tantas cosas y tienes tantos síntomas que sientes pánico,respeto o somatizas…no lo sé…pero te saca de la batalla antes de que seas capaz de darte cuenta…y te mete en otra,de igual modo,sin verla venir y,por supuesto,sin quererla…soy sanitaria…y no PUDE estar en primera fila…pero estuve en TERCERA O CUARTA o no sé cuál…también da igual…pude ver el miedo,la desesperación,la incertidumbre…la vulnerabilidad…tuve la sensación de perder el “control” de los que cuidé…tuve respeto por todo lo que me rodeaba y por lo y los que les rodeaba a ellos…tuve (gracias a tampoco sé qué) sangre fría,calma,paciencia…Todos hemos perdido algo en esta guerra,aunque no sólo sea personal y también sea emocional…Pero también quiero creer que nos ha ayudado a aprender y a mejorar y aquí cada uno que siembre y coseche lo que le corresponda… Gracias Marieta y Carlos por luchar con nosotros y hacer esta trinchera de tercera o cuarta fila mucho más fácil…

                                                                                                                                         Beatriz B.

 

E.C.  (53 años, Argentina) cuida de un matrimonio de ancianos en Teià, un pequeño pueblo del Maresme. Desde hace semanas vive confinada juntos a ellos y relata la dureza de la cuarentena. “Da mucho miedo a lo que estamos expuestas, desprotegidas y solas, pero si lo dejamos, no tenemos derecho a nada, esa es la realidad”, lamenta.

E.C., trabajó durante años como auxiliar de geriatría en su país, señala que su empleo se ha vuelto mucho más duro durante el confinamiento. Pasar las 24 horas del día en la casa de la pareja de ancianos –94 años él y 92 ella– a la que cuida le obliga a realizar un esfuerzo extra. “Entreteniéndolos, estando muy pendiente de ellos, y extremando las medidas de higiene ¨, cuenta esta empleada de hogar.

Ancianos dependientes

“Me he quedado totalmente aislada”, explica. La pareja a la que cuida no tiene hijos. Sí un sobrino, pero la mujer de éste es una paciente de riesgo, y no pueden desplazarse para ayudarles. “Están más nerviosos, duermen peor, y yo también. La última noche, solo cuatro horas, pero, ¿qué voy a hacer?, ¿quién va a venir a ayudar? No hay nadie más que yo”, constata, y recuerda que, en estos momentos, que los ancianos dependen más que nunca de los cuidadores, ellos también necesitan apoyo. Para sobrellevarlo, cuenta, “reza, lee, y habla con su familia. El día a día pasa así”.

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En un una situación parecida se encuentra S. C. (43 años, Honduras), que llegó a España en 2017. Desde entonces se ha dedicado al cuidado de personas mayores.Una tarea que sigue desempeñado en pleno estado de alarma por el coronacirus. Ella, al igual que muchos otros, no ha podido dejar su empleo pese al confinamiento para evitar la propagación de la enfermedad. Cada día sale de casa a las 7:00 de la mañana para limpiar en una clínica. Tras ello se desplaza desde Cornellà a Esplugues de Llobregat, donde reside el matrimonio de ancianos que se encarga de asear y cuidar. Un trayecto de casi tres kilómetros que recorre a pie para no usar el transporte púbico y evitar infectarse.

¿Quién cuida de sus hijos?

Esta empleada del hogar tiene dos hijos, de 16 y 8 años. Antes de dejar su casa cada mañana debe prepararles la comida. Su mayor temor, confiesa, es poder contagiarles en caso de que ella resulte infectada por Covid-19 . Para evitarlo, toma todas las precauciones que están en su mano. “Cuando vuelvo, les pido que se queden en su habitación y entro directamente al baño. Allí desinfecto todo con lejía, me doy una ducha, y salgo cambiada antes de saludarles”, detalla. “Si se ponen enfermos no puedo dejar de trabajar y no sabría qué hacer”, explica.

El material de protección que utiliza –guantes, gel y mascarilla– se lo ha procurado ella misma. Confiesa que intenta evitar al máximo el contacto con la gente, incluso cuando va a hacer la compra a una gran superficie. Carias cuenta que, de tener opción, se habría quedado en casa durante la cuarentena, pero su situación económica no se lo permite. “Me hubiese gustado pasar más tiempo con mis hijos, pero no se puede, todavía estoy en situación irregular, y tengo que pagar el piso y todos los gastos. Son tantos que, si no trabajo todo el día, no llego a fin de mes, pero vamos saliendo adelante poco a poco”, concluye.

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Que salga, a ver si pilla el coronavirus” El crudo relato de una voluntaria en una residencia.

Estuvo sólo seis horas en un geriátrico de Catalunya y dejó el trabajo. “Lo que vi es inhumano”, denuncia.

El drama oculto tras los muros de aquellas residencias desbordadas por el coronaviruss e puede intuir. Aunque todo lo que cabría imaginar se queda corto cuando se escuchan testimonios de personas que han entrado estos últimos días en alguno de esos centros. Raquel ha pasado por esa experiencia y su relato, sin rodeos, destila una extrema crueldad.

Esta es la historia de una estancia de sólo seis horas en una residencia catalana donde ese día estaban tapadas las cámaras con cinta aislante para que no quede constancia de lo que pasa en su interior, que pone motes (la loca o el cabrón) a sus usuarios y con trabajadoras que lejos de controlar los movimientos de algunas ancianas las animan a salir de su habitación “para ver si pilla el virus y se muere” o en la que el almuerzo, sin explicación lógica, no siempre llega a todas las habitaciones.

¿Para que vas a cambiarle el pañal si se volverá a cagar?”

Un centro en el que el teléfono fijo se descuelga porque no hay tiempo o no se quiere atender llamadas y en el que nadie acerca a los abuelos sus móviles, que no paran de sonar. Sobre decir que los que llaman son sus familiares. Un geriátrico donde los medicamentos están esparcidos por el suelo, en el que nadie se extraña de que se despierte a golpes y gritos a los residentes, o se les haga daño cuando son movidos de la cama y en el que no siempre se cambian los pañales cuando los ancianos lo piden porque “se volverán a cagar”.

Su mirada lo dice todo: saben que de esta no salen y son muy conscientes de que han perdido la dignidad”

Una residencia en la que no hace falta que los abuelos digan nada. Su mirada lo dice todo. Saben que van a morir, que de esta no pasan. Y son plenamente conscientes, pese a sus achaques y limitaciones, que les han robado la dignidad y que ninguna de las personas que están ahí para cuidarles hará nada o casi nada (porque no pueden o simplemente no quieren) para evitar ese final.

Lo cuenta Raquel Alonso Chicharro, que no desea a nadie lo que ella vivió en las seis horas que pasó en ese geriátrico. Pero sí pide que se sepa y conozca su desagradable experiencia. Antes de iniciar este crudo relato sobre su estancia como voluntaria remunerada en esa residencia de Catalunya, deja muy clara una cosa: “Jamás voy a llevar a mis padres ni a mis abuelos, que aún viven, a una residencia”, asevera esta mujer, de 32 años.

Raquel tiene las tardes libres y suele estar siempre apuntada a una bolsa de trabajo de voluntariado con remuneración. Días atrás recibió una llamada de una oficina de la Conselleria de Afers Socials para incorporarse en una residencia de gente mayor catalana que se ha quedado sin dirección, ni gerencia. Y aceptó. Los geriátricos se han quedado sin personal y ahora algunas administraciones empiezan a admitir que la gente mayor ha sido la gran olvidada en esta crisis sanitaria.

El fin de semana del 28 y 29 de marzo ella y otros voluntarios fueron convocados a una reunión. “Nos hablaron de protocolos, nos dieron ropa y nos explicaron lo íbamos a hacer. Un curso acelerado “que ayuda a resolver, sobre el papel, muchas dudas”, afirma Raquel. Ha trabajado en programas con gente mayor, pero no tenía ninguna experiencia en geriátricos.

Cuando llegue a la planta tuve una sensación inmediata: se están muriendo”.

Lunes, 30 de marzo. Ha llegado el día. Raquel se planta a las ocho de la mañana ante la puerta de la residencia asignada. “Allí me encontré –para ellos también era el primer día– con un médico y una enfermera que había enviado la Generalitat y a otra voluntaria remunerada como yo”.

Sólo entrar al centro, Raquel intuyó ya el caos en la gestión. Poco después entendería que ese era el menor de los males. “Me llevaron a una planta en la que había una decena de usuarios, todos con síntomas muy claros y evidentes de coronavirus: mucha tos, fiebre alta y diarrea”.

La primera impresión de Raquel fue deprimente: “Se están muriendo”, pensó. Durante esa estancia en el geriátrico pudo entrar unos minutos en otra zona, la sala de la tele, donde había otra decena de ancianos. En teoría los que no presentaban síntomas. “Todos sentados en sus sillas y sin apenas fuerzas para moverse”, recuerda. Y de repente una cosa le llamó enormemente la atención: “ese día las cámaras de esa sala estaban tapadas con cinta aislante de color amarillo y negro”. No queda constancia, pues, en imágenes de lo que ahí pasa.

Raquel regresó a la planta de las habitaciones. Llegó la hora del desayuno, “pero algunos residentes se quedaron sin ese servicio”. ¿Por qué? No lo sabe. Ninguna de las otras personas que trabajan en esa residencia le dieron una explicación coherente.

A media mañana se acabaron los guantes y batas. Así que era imposible cambiarse de equipo de protección en los saltos de una habitación a otra. Esta carencia de trajes, al final también sería lo de menos.

Conforme pasaban los minutos el drama vivido entre esos muros subía de grado. Raquel –desvela en declaraciones a La Vanguardiase dirigió a una de las profesionales del centro para decirle que “era imposible que una usuaria a la que acabada de visitar pudiera tomarse, por su débil estado, el desayuno”. ¿La respuesta? Déjala, que coma sola. Un rato después la comida seguía en la bandeja. “¡Esa abuela no podía abrir ni los ojos¡”, exclama. Cuando se entretenía a ayudar a esos usuarios abandonados a su suerte le decían “Aquí hay que ir deprisa ¿sabes, nena?”.

A otra usuaria la llaman la locay se referían siempre a ella en un tono muy despectivo”, denuncia Raquel. “Si quiere salir de la habitación déjala, a ver si pilla el virus y se muere de una vez”, le respondió otra de las empleadas fijas en ese centro cuando ella se preocupó por el estado de esa anciana.

Esta mujer asegura que tampoco “hay control con los medicamentos, la zona en la que se depositan estaba muy desordenada y había medicinas por el suelo”. Una trabajadora le pidió a Raquel que suministrara una pastilla a una usuaria, cuando ella sabe muy bien que tocar medicamentos no entra en su cometido, y además le aconsejó que si la anciana no podía tragarla la untara con mermelada. “Cuando estaba en ello llegó otra empleada y me dijo si no sabía que esa mujer era diabética”. Un caos total.

A media mañanaa Raquel ya no le quedaban lágrimas. “Lo que vi y experimenté es muy inhumano, una crueldad”, recuerda aún con la voz rota. En otra habitación un anciano, muy despistado y débil, pidió a Raquel si podía cambiarle el pañal. Cuando empezó a hacerlo “llegó una de esas trabajadoras y me dijo: ¿qué haces? si se va a volver a cagar”.

Después fue testigo también de como una de las empleadas tiraba con violencia del brazo de otro usuario para pasarlo de la cama a la silla de ruedas. “Ay, ay”, gritó ese abuelo. “Me haces daño”. La mirada de ese anciano y la del resto de usuarios de esa residencia siguen clavadas en la memoria de Raquel. “¡Es que no hace falta que digan nada¡”, exclama. “Les miras a los ojos y te lo dicen todo. Son muy conscientes de que los maltratan y que de esta no pasan”, añade esta mujer.

En otra habitación observó como otra de esas trabajadoras “daba puñetazos repetidos en el pecho a un anciano al que llaman el cabrón ¿Ahora ya no puedes pegarme, eh?, repetía esa empleada mientras golpeaba al hombre.

En otra habitación observó como otra de esas trabajadoras “daba puñetazos repetidos en el pecho a un anciano al que llaman el cabrón ¿Ahora ya no puedes pegarme, eh?, repetía esa empleada mientras golpeaba al hombre.

Raquel ha dicho que no. Ha tenido más que suficiente con esas seis horas. Y está decidida a denunciar lo visto en su experiencia.”Será cuando esto acabe, no lo voy a dejar aquí”, sentencia. La Vanguardia ha decidido no publicar, de momento, el nombre de esa residencia ( y tiene claro que en otros muchos centros las cosas se hacen bien ) a la espera de que se formalice esa denuncia.

Este diario ha podido saber que las cosas parecen haber cambiado en ese geriátrico estos últimos días. Lo que no borra lo vivido y visto por Raquel la mañana del pasado lunes. “Aunque bienvenidos sean esos cambios y ojalá lo que yo vi esa mañana no vuelva a repetirse”, desea esta mujer.

Raquel lo tiene claro: “cuando todo esto acabe voy a presentar una denuncia”.

La Vanguardia

 

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